Pero tras unos agónicos días, pasó y le dimos una calurosa bienvenida a la maravillosa aventura que nos esperaba en forma de viaje de mes y medio.
El primer destino, era Amritsar. La distancia a recorrer era muy larga, por lo que decidimos ir en avión. Entre escalas, horas de vuelo y que teníamos que salir del hotel hacia el aeropuerto alrededor de las 4 de la mañana...el día se presentaba duro, por lo que Uriarte propuso acostarse pronto para descansar y afrontar el viaje con energía: "A las 8 me voy a meter a la cama" decía...y terminó haciendo gaupasa hablando por skype mientras Juan lo acompañaba viendo NBA.
La cosa es que bien cansados, cogimos el taxi rumbo al aeropuerto, luchando por no quedarnos dormidos, y resultó que no eramos los únicos acechados por el poder de Morfeo: el taxista se tenía que parar cada 2x3 a refrescarse y a despejarse.
Aún así, llegamos sanos y salvos.
Los viajes en avión, no hubieran tenido nada de particular, si no fuera porque según hacíamos escala en Delhi para embarcar en el avión hacia Amritsar, Ruiz se percató de que algo le faltaba...¡La tablet recién comprada! ¡Buena inversión, casi le da tiempo a estranarla y todo!
Sin embargo, tuvo mucha suerte, y los empleados del aeropuerto se la encontraron y se la devolvieron.
Una vez llegados a Amritsar, nos ofrecieron un taxi para acercarnos al hotel, pero cúal fue nuestra sorpresa, al descubrir que había un autobús gratuito que nos acercaba a la ciudad.
Lo cogimos, y nos dejó en el centro. Una vez ahi, un Sij (Sijismo: religión india fundada por el Gurú Nanak), nos comentó que esperásemos, que un vehículo vendría a buscarnos para acercarnos al hotel.
El vehículo se trataba de un carrito de golf enorme, conducido por otro Sij muy graciosete que se atrevió a derrapar delante nuestro, porque él lo vale.
Plantados delante del hotel, las sensaciones fueron diversas...y es que la fachada, parecía sacada de un ghetto de bosnia en plena guerra.
Afortunadamente, su interior estaba en mejores condiciones.
Lo regentaba un gordo Sij, con pinta de borrachuzo mafioso, que hablaba muy alto y reía continuamente. Enseguida nos engatusó un taxi para acercarnos a la frontera para ver el cambio de guardia o cierre de frontera. Seguramente nos estaba engañando con el precio pero accedimos.
Llegados a la frontera con Pakistan, nos posicionamos en la "cola", concepto no muy desarrollado en India, puesto que todo el mundo aprovecha la menor oportunidad para crear una nueva fila, bien sea a empujones o colándose por delante de tus narices como si fuera lo más normal del mundo.
Guiando la cola y controlando la situación, había policias montados a caballo. Gritaban, silbaban y amenazaban con un palo...pero la población india, es muy valiente, y seguían pasando de toda amenaza y advertencia.
Al fin llegamos y nos sentamos en las gradas VIP (acrónimo de gradas para blancos), protegidos por el francotirador Wesley Snipes, para ver el espectáculo, que tenía sus preeliminares.
Pusieron música y las mujeres descendieron para bailar y disfrutar de la pista de baile, como si de una discoteca se tratase. La guinda, tres borrachines que también querían bailar y se marcaron un ezpatadantza.
Después, muy patrióticas, recorrían los 100m lisos, ondeando la bandera del país.
Pasado un tiempo, empezó el cierre de la fontera. Empezaron los vítores de ánimo y los aplausos, con el objetivo siempre de ser superiores a sus vecinos pakistaníes, que a pesar de ser pocos, eran muy ruidosos.
El cambio de guardia, consistía en el desfile de soldados que alzaban sus piernas a la altura de la cabeza y sacaban pecho al mismo tiempo. Todo ello acompañado de los gritos de júbilo del público.
No se insultaron...una pena, puesto que eso hubiera dado mucho juego.
Regresamos a la ciudad y nos dirijimos al Templo Dorado para contemplarlo de noche y ver la ceremonia.
Para entrar, tuvimos que cubrirnos la cabeza con un pañuelo. Una vez dentro...la majestuosidad del Templo nos asombró.
Una fortaleza de palacios y construcciones de mármol blanco, daban cobijo a un estanque en cuyas aguas, se erigía el precioso templo de oro.
Verlo por fuera era magnífico; por dentro, no defraudaba; y desde su cúpula, te brindaba un paisaje maravilloso.
Cenamos de gratix en el complejo palaciego, en el restaurante común, acompañado de otros turistas, sij e indios.
Luego, dejamos las bandejas para que las limpiasen, y pudímos contemplar la eficiencia y eficacia (no, no son lo mismo) que tiene esta gente al fregar los utensilios de cocina: pasaban todos los trastos a través de la cadena humana con movimientos precisos y muy rápidos; incluso lanzaban las bandejas como frisbys.
Con una sensación immejorable, nos acostamos esperando un nuevo día lleno de lugares por descubrir.

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