lunes, 24 de junio de 2013

Varanasi

Varanasi nos dio una calurosa bienvenida, 46º ni más ni menos.



Llegamos al hotel y nos quedamos anonadados. Un tugurio, pocilga, ciénaga, antro...numerosos son los nombres que le podíamos dar, pero nos quedaremos con el Ratarock, ya que en nuestra estancia tuvimos la agradable compañía de un roedor y un... ¡centinela mono!

El manager era un discapacitado que se valía de su enfermedad física para embaucarte. Es la persona más ruin, mentirosa y ladrona que hemos conocido en el viaje.

Podríamos pasarnos horas describiendo el hotel y al mafioso que lo regentaba, pero es mejor que leáis las críticas de hostelworld y tripadvisor. Con suerte, leeréis la del muerto y os divertiréis un rato.

Decidimos darnos una vuelta por los Ghats del Ganges y ver lo que se cocía: un paisaje encantador.



Alquilamos una barquita y el capitán nos llevó a lo largo del rió. La primera parada la hicimos en un crematorio al aire libre.
El "cura" encargado del embarcadero hacia el más allá, se ofreció a enseñarnos el lugar e informarnos a cambio de que al final hiciéramos una donación por la cuantía que deseásemos y no sacásemos fotos.
Nos gustó el hecho de que fuera con la verdad por delante: iba a pedirnos dinero.
No sabíamos la que nos iba a caer encima...



Pudimos pasearnos entre las hogueras de muertos, que gracias a la madera que se usa, no huele tan mal, y pudimos oír el crepitar de los cuerpos entre las llamas. El fuego los consumía, y los huesos se iban desquebrajando, soltándose de las ataduras del torso.


Llegó el momento de pagar, y decidimos pagarle con el dinero del bote. Sin embargo, el sepulturero cogió el dinero de Ruiz muy agradecido y se dirigió a los demás: Muy bien, ahora vosotros. Le explicamos que ese era el dinero de todos, que la donación era común. 
Él respondió que para que tuviésemos buen carma, era necesario que hiciésemos la donación individualmente.

Juan decidió darle 10 rupias, cosa que al tipo le pareció poco. Le decía que le diera más, y le presionaba para que soltase más. Llegó un momento en el que Juan se cansó y le dijo que lo tomase o lo dejase pero que no le iba a dar más.

Entonces el cura, le dijo que si él se sentía bien, que no pasaba nada, que no había obligación de donar más, pero entre dientes, le lanzó una maldición que acabo dejándolo K.O. por un día en las mejores camas del mejor hotel del mundo.

Del crematorio, el capitán, nos llevo a ver la punja, la ofrenda diaria que se hace al Ganga, por ser un dios protector.



Aunque la ofrenda termina por ser larga y aburrida, la primera vez nos gustó mucho.



Una vez terminada, nos dirigimos a una escuela de música, en la que nos dieron un concierto privado con unos timbales y una especie de guitarra típica de la india.



El concierto fue muy extraño, ya que los dos músicos parecían ir descompasados aunque en momentos se unían en una única melodía.
Sin ser nada brillante, nos sirvió para conocer un poco más la cultura folclórica india. Además, pudimos ver un retrato de Jigsaw tocando la guitarra.

Para finalizar el día fuimos a cenar al Monalisa, y ahí encontramos al personaje que más nos ha marcado inspirado y deslumbrado: Raul.

Al escucharnos hablar castellano se acercó y nos dijo:
-¿Sois españoles?
-Vascos y el de Zaragoza
-¡Ah!, yo también soy de Zaragoza. Mirad chavales, yo no soy un tipo violento, pero el otro día un indio me atropello con la moto y me quedé tendido en el suelo. Al recobrar la conciencia, se estaba intentando escapar, pero le cogí y le metí una hostia. También le cogí las llaves y pensé en tirárselas al mar.

Menos mal que no era violento...jajaja

Fuera bromas, Raul fue un descubrimiento sin nombre. Nos empapó de cultura india, budismo, religión, política, filosofía...todo ello amenizado con pasajes de su vida y su punto de vista.

Nos gustó tanto su compañía y disfrutamos tanto de sus relatos, que durante las 3 próximas noches fuimos en su busca.  


Los siguientes días, los pasamos recorriendo los ghats, perdiéndonos en las callejuelas de la ciudad que probablemente más encanto haya tenido, visitando la universidad (un error pues no tiene nada de especial) y visitando la zona budista de la ciudad.


Pudimos ver unos cuantos templos budistas y estar bajo el árbol en el que Buda empezó a predicar.Un pequeño aperitivo de lo que nos encontraríamos en Tibet.



Khajuraho

El viaje de Agra a Varanasi era muy largo, por lo que decidimos hacer una parada en medio del camino, y así de paso, saciar nuestras ansias eróticas y sexuales en el templo del Kamasutra de Khajuraho.


En cuanto nos bajamos del tren, un batallón compuesto de caza turistas nos rodeó ofreciéndonos hoteles y rikshaws.

Uriarte, tuvo el infortunio de ser el primero en bajarse, por lo que fue la primera víctima de este pelotón. Aún así, mantuvo la calma, y como buen discípulo de Gandhi, decidió utilizar la resistencia pasiva. Se tiró en el suelo, y empezó a echarse la siesta.
A su alrededor se formo un corro de incredulidad, ya que no entendían que hacía el blanquito.
Después de mirarlo un rato, decidieron ir a molestar a los demás.

Preguntamos sobre las consignas para dejar las mochilas pero continuamente nos engañaban, incluso los propios empleados de la estación, que estaban compinchados y nos aconsejaban ir con los caza clientes.
Al fin, abrieron la oficina y pudimos dejar nuestras mochilas.



Desayunamos y pusimos rumbo al primer complejo de templos.
Contratamos un guía que hablaba castellano, elección bastante acertada, ya que aunque no aportó muchísima información, nos sirvió para reírnos un poco, encontrar las figuras más llamativas y aprender algunas curiosidades y datos interesantes.

Muchas de las explicaciones eran de este pelo:
-¿Veis esta mujer? ¿Veis su cara? ¡Está cachonda! ¿Sabéis lo que es cachonda?
-Si
-Bien, ella está cachonda


También nos explicaron la importancia del sexo para conseguir la salvación, el nirvana.
Ya veis, si más vasc@s visitásemos este lugar, terminaríamos con el "verdadero conflicto vasco" y además alcanzaríamos la tierra prometida.

Al finalizar la ruta de los templos, Ainhoa comenzó a sangrar por la nariz. Pedimos ayuda a los trabajadores del recinto, para que nos proporcionasen unos pañuelos para que se limpiase y se taponase la nariz.
Rápidamente, los empleados se convirtieron en enfermeros/chamanes y se hicieron cargo de Ainhoa, tendiéndola en el suelo, y empapándola de agua.


A partir de ahí, nos pateamos todo Khajuraho, y la verdad es que los demás templos no aportan mucho, y las ruinas...son ruinas, con el simple atractivo de ser muy antiguas.

Caminando y caminando llegamos a la vieja Khajuraho. En unos prados, había búfalos y Uriarte quiso hacerse una foto con ellos. Juan era el encargado de hacer la foto, pero tardo demasiado, tanto como para que el animal se cansase y embistiera al pobre Uriarte. Lástima no tener documento gráfico del hecho. Desde ese punto de inflexión, Uriarte afirma que ha vuelto a nacer.


En ese momento nos encontramos con un niño  que decidió hacernos de guía y nos enseñó su poblado, verdaderamente bonito
Tuvo el bonito gesto de "engañarnos" y llevarnos a su escuela para que hiciéramos un donativo. Nos gustó mucho su actuación, ya que da gusto que un niño tan joven, se preocupe por su futuro y luche por estudiar y salir de la miseria.



Sin embargo, una vez fuera del poblado, el niño nos volvió a pedir dinero esta vez sí, mintiéndonos en los propósitos destinados a las monedas.
Una pena, puesto que esa actuación mancho un poco su caballerosidad y gestos nobles, pero que le vamos a hacer, es joven, vive en una aldea turística y suponemos que el gen de la pillería lo tendrá aferrado al ADN.

Machacados por el sol y la fatiga decidimos regresar al centro y cenar. Estábamos muy lejos, pero encontramos un rickshaw en medio de Khajuraho que accedió a llevarnos.

Una vez en el tren, ocupamos todo un compartimento de 6 camas, nos descalzamos y nos acomodamos cada uno en una litera. Fue entonces cuando un tufo, una peste tóxica embriagó a los ocupantes. Los calcetines y playeras de Uriarte emanaban un hedor insoportable, brutalmente asesino.

Uno de los empleados del tren se dedicaba a ir por todos los compartimentos con un ambientador en spray para camuflar el olor dejado por los anteriores pasajeros. Cuando pasó por el nuestro, hizo una primera tirada en el compartimento, y realizó una segunda exclusiva en los pies de nuestro amigo.

Entre risas y asfixia, nos despedimos con la intención de despertarnos en la sagrada Varanasi.   



domingo, 23 de junio de 2013

Agra

Supuestamente llegábamos a las 21:30 a Agra, sin embargo el maquinista decidió tomarse un descanso casi al final del trayecto con lo que llegamos a eso de las 12 de la noche.

Según entramos en el tren, vimos que nuestros asientos estaban ocupados, pero sin rechistar los indios se levantaron y fueron a buscar otro lugar donde acomodarse. Y no fue un trabajo fácil, puesto que el vagón estaba ocupado por una familia entera de unos 50 integrantes que querían estar juntos, tener mesita para echar una partidita de cartas...

A medida de que las horas pasaban, el sol dejaba de calentar, el aire acondicionado nos helaba, los indios cenaron montando un alboroto sin igual y la espera nos desesperaba poco a poco.

En esas circunstancias, al fin llegamos a la estación, cogimos un rickshaw, recorrimos la ciudad que tenía una pinta horrible sobre todo porque olía fatal y llegamos al hotel.

La habitación, un dormitorio para todos, era bastante cuchitril, pero el baño era especial, tenía encanto y al permitirte estar en comunión con la naturaleza, te hacía olvidar lo malo que podía ser el dormitorio: ¡estaba lleno de saltamontes! 

Los empleados fueron muy amables y nos dieron de cenar pasadas las 12. Agradecidos nos fuimos a la cama con la intención de dormir un poco y madrugar a las 5 para comprar las entradas y presentarnos en el Taj Mahal.




Cuando fuimos a comprar las entradas y vimos la cola que se había formado con maleducados indios, nos asustamos un poco, porque pensábamos que no llegaríamos a la apertura de las puertas del mausoleo, pero ser blanco tenía que tener alguna ventaja, y gracias a la falta de melanoma nos pusimos en la cola de extranjeros siendo los primeros en comprar los tickets.

Así pues, fuimos a la entrada y nos colocamos en la cola de extranjeros, separados, mujeres por un lado y hombres por otro. La entrada fue un poco surrealista. Solo había un pica para dejar pasar a todo el mundo, que eramos muchos, y no seguía ningún orden concreto al picar las entradas.
Tuvimos suerte, y a pesar de que los indios se nos intentaron colar, el pica nos dejo pasar prontito, y tuvimos el lujo de ser los primeros en avistar una de las siete maravillas del mundo.



Hay que decir, que el mérito lo tiene ganado; el Taj Mahal es impresionante, indescriptible. Nada ostentoso, su belleza radica en su simpleza.

Cuando lo ves por primera vez, te gusta; su impacto visual es impresionante, aunque tienes que tener en cuenta que llevas grandes expectativas y tal vez no se cumplan.

Sin embargo, continuas contemplándolo, y cada vez te gusta más, su magnetismo te posee, y te va tatuando una imagen en el cerebro que perdurará en la eternidad, un espléndido grabado en tu mente para la posteridad.

Cogimos un guía, que a pesar de enseñarnos algunos detalles, no merecía mucho la pena. Su mejor aporte, fue la explicación de la simetría del panteón dedicado a la reina.



Podríamos pasarnos horas describiendo lo que vimos, detallando lo que sentimos, y aún así nos quedaríamos cortos, nos faltarían hojas y no le haríamos justicia a semejante belleza.

Una vez visto, decidimos descansar un poco y fuimos a dormir un par de horas, ya que la falta de sueño nos machacaba.

Despiertos y más enérgicos ya, nos acercamos al fuerte, otra obra maestra digna de ver. Aquí, el rey pasó sus últimos días encerrado por su hijo. Su habitación, daba al Taj Mahal, el lecho de su amada esposa.



El fuerte compaginaba diferentes estilos arquitectónicos y símbolos de 3 o 4 religiones diferentes, jardines, mosaicos y detalles esculpidos con laboriosas manos.

Uriarte y Juan pudieron observar una mujer con andares raros. No entendían si era que le molestaban los tacones, si tenía algún problema físico...pero a medida que se acercó, lo comprendieron todo. Debajo de su falda, recorriendo toda su pierna, una sustancia marrón semi-líquida descendía para la angustia de la mujer.

Entre risas, dejamos el fuerte y nos dirigimos a comer. Entramos a un restaurante y al ver los precios, decidimos que ese no era nuestro lugar, demasiado caro para nuestro presupuesto, sobrepasaba los 2,5€...jajaja.
Pero en India todo se negocia, y como no querían perder a sus clientes, el camarero nos dijo que nos haría un descuento y que no nos cobraría impuestos. ¡Así da gusto comer!


De ahí fuimos al Baby Taj, un pequeño mausoleo con mucho encanto, pero que obviamente después de ver al hermano mayor, no impacta ni asombra demasiado, aunque no hay que desprestigiarlo.




Empezaba a atardecer y acudimos a un parque enfrente del Taj Mahal, al otro lado del río, para ver la puesta de sol. Una vez más, nos sentamos delante de la majestuosidad que a su vez muestra lo grandioso que es el ser humano cuando se lo propone, y nos quedamos en silencio, embobados viendo el tiempo pasar en una tranquilidad inigualable, en un paraíso terrenal.


sábado, 22 de junio de 2013

Jaipur

Llegamos al hotel de Jaipur y el manager nos ofrece cambiar nuestras 3 habitaciones dobles, por un dormitorio de 4 personas para los chicos y una habitación doble para las chicas.
Como siempre andamos mirando la pela, decidimos aceptar la propuesta, pero el precio que nos ofrece no nos convence, puesto que por 100 rupias sólamente, nos interesaba mantener nuestra primera reserva.

Subimos entonces a la terraza del hotel y comenzamos a negociar el precio con el manager, explicándole que la rebaja debía ser mayor. Ya que con palabras no llegábamos a ningún acuerdo, decidimos tirar de servilleta y boli para explicarle los cálculos.
A pesar de no conseguir lo que queríamos, si que ajustamos más el precio.



La primera parada que realizamos fue en el observatorio. Resulta que el marajá era un apasionado de las estrellas, por lo que invirtió mucho dinero en el estudio de las mismas y mandó construir varias herramientas y edificios para su contemplación e investigación.

Aprovechamos a comprar el ticket para varios recintos. A pesar de tener los papeles de FRRO y la visa de estudiante, el taquillero no nos las aceptó, por lo que tuvimos que pagar un alto precio.

Sin embargo, en la siguiente parada, el palacio, fuimos más avispados y entregamos todo tipo de tarjetas, desde las de osakidetza, hasta las gazte-txartelas de los bancos.
En un momento, casi hubo más tarjetas que personas.
El taquillero se hizo un lio, y al final a pesar de no aceptar todas, si que conseguimos sacar varias entradas de estudiantes.


La casa palacio del marajá, no tenía mucho la verdad, y el calor axfisiante no ayudaba mucho que nuestra estancia fuera la más agradable. Sin embargo, en un patio central, había 4 puertas, representando las 4 estaciones que era magníficas y bellas de verdad.



Después fuimos al fuerte de Amber, que era impresionante al igual que grande. Una extensa muralla  que lo rodeaba y aún se mantenía en pie nos daba la bienvenida.




Cogimos audioguías, y fueron parte de la atracción, ya que no estaban narradas por gente española, sino por extranjeros hablando en castellano. Además, interpretaban a los diferentes elementos y estructuras del edificio, personificando así a parte de las murallas, puertas y habitaciones.




El paseo por el fuerte fue estupendo, aunque no estaba muy organizado y era fácil perderse e imposible de seguir la cronológica numérica de la audioguía.



De regreso al hotel, paramos para ver un palacio, cerrado a los turistas que se mantenía a flote en medio de un lago, y de ahí, Samyl, el chofer, nos secuestró y nos llevó a la tienda de su amigo a comprar pañuelos y demás telas.



Ya en el hotel, Samyl se despidió de nosotros, y fue una triste despedida, no porque ya no nos volveríamos a ver, si no porque el conductor nos pidió una propina desorbitada.

En el precio pactado con la agencia, se incluía todo: gasolina, transporte, paga del conductor...
por lo que no teníamos que darle propina alguna, sin embargo, decidimos dársela y su comportamiento, nos pareció muy feo.

Al día siguiente, fuímos al Hawamahal o Palacio de los Vientos, unos de los edificios más emblemáticos y característicos de Jaipur.
Tiene un color rosaceo, en honor a la ciudad a la que pertenece: Jaipur, la ciudad rosa.



Este palacio, fue construido para las mujeres del marajá, y debe su nombre a que su orientación, arquitectura y diseño, permitían la creación y flujo de corrientes de aire logrando así una temperatura cálida.

De ahí, partimos al fuerte de Nahargarh que estaba en lo alto de la ciudad, a diferencia del de Amber que se encontraba a las afueras.

Para llegar a él, tuvimos que subir por una larga cuesta serpenteante (supuestamente 2km) que nos brindó unas vistas alucinantes de la ciudad.



El fuerte en cambio, fue un poco decepcionante, ya que no tenía practicamente nada para ver.
Lo más interesante fue ver a unos indios sacarse fotos, y es que aquí todos posan como estrellas del celuloide. Además fuimos agasajados por los guardias, que nos ofrecían agua continuamente y durante toda la visita.



Después de comer, llegó la sobremesa, que se extendió muchísimo en la mesa del Mc Donalds, una de nuestras sedes oficiales, todo para hacer tiempo a la próxima sesión de cine.

Pero antes de acudir al cine, pasamos por una centenaria tienda de lassis (el batido de yogurth de aquí) que se situaba enfrente.  A parte de disfrutar del lácteo, hicimos un trabajo de investigación en el que estimamos los beneficios que sacaría el comerciante.
Para ello, estuvimos importunando cada 2x3 al vendedor y Ainara incluso entro en la tienda para ver como lo hacían y comprobar la temperatura del local.
Los indios nos miraban incrédulos: ¿es que estos blanquitos no tienen otra cosa que hacer?
Por una vez, los molestos interrogadores eramos nosotros.

El cine de Jaipur es espectacular, y la peli que vimos más. Pero vayamos por partes.
La ante sala es enorme, y decorada a todo lujo, muy parecida a los lujosos teatros europeos.
Los asientos des establecimiento, aunque eran un poco viejos, eran confortables y reclinables, con bastante espacio para estirar las piernas, y la pantalla, era gigantesca, la envidia de los cuchitriles que solemos frecuentar.


Respecto a la película, decir que estaba en hindi, pero que eso no nos presentó ningún problema para entender el argumento: violencia en estado puro.
Estaba bastante bien hecha, pero un consejo a los directores indios: los efectos sonoros hay que mejorarlos, los de dibujos animados, no son los más adecuados.

Comentar también que la cola para coger las entradas era larguísima, por no comentar que también era poco civilizada puesto que los indios se amontonaban y empujaban. Es por ello que mandamos a Ainara a la cola de mujeres, que estaba desierta, a comprar entradas para todos.
Las entradas resultaron muy curiosas: un papelito escrito a mano con bolígrafo en el que se indicaba el número de personas y la sesión a la que se acudiría.

Emocionados con la película, regresamos al hotel a reponer las energías para afrontar el siguiente y último día en Jaipur.

Al día siguiente decidimos intentar colarnos en el Albert Hall con las entradas del primer día que solamente tenían validez para los dos primeros.
Sin embargo, con toda naturalidad mostramos nuestros tickets y entramos.



El Albert Hall resultó ser un lugar muy bonito con un patio central fantástico, con unas paredes decoradas elegantemente con cuadros y esculturas.

Partimos seguido al templo de los monos que fue una basura. A la llegada vimos una pelea de monos y supusimos que habría muchos, en honor al nombre del lugar sagrado, pero nada más lejos de la realidad. Además las ruinas no tenían ningún atractivo; solo se salvaban las vistas desde lo alto.

Después nos dirigimos al Ganesh Temple, al que para llegar a sus puertas, había que subir "novecientasmil" escaleras. Eso sí, una vez arriba, disfrutamos de la elegancia de la imagen que se presenta ante tí en modo "vista pájaro".



Detallito del templo: tiene una enorme, pero realmente grande, esvástica pintada en la pared; la delicia de cualquier descerebrado; pero hay que dejar claro que aquí el simbolo del que se apropiaron los nazis, significa algo totalmente diferente, puesto que representa "buena suerte" entre otros.

Desde lo alto, vimos que el cenotafio se encontraba al lado, y nos apresuramos a verlo. El recinto se dividía en tres partes, que iban en aumento en términos de belleza.



En ellos, nos encontramos con dos personajes un tanto extraños: un argentino y un croata-santanderino.
A pesar de ser majetes, hicieron comentarios muy desagradables sobre el país, cosa que te sorprende, puesto que cuando vienes a India, tienes que saber que el país limpio no va a ser, además tuvieron una postura un tanto machista con las chicas.
Qué se le va a hacer, cosas de los viajes y cosas del mundo: a veces te encuentras con gente maravillosa y otras veces es el subnormal de turno quién te entretiene.



Una vez visto el recinto, regresamos al hotel para comer y coger el primer tren del viaje que nos llevaría a Agra y a su mágico Taj Mahal.
 




Pushkar



Pushkar es una pequeña ciudad en la que no hay prácticamente nada que hacer. Pero la elegimos a conciencia, puesto que nos pareció un lugar idóneo para reponer fuerzas y prepararnos para la otra mitad del viaje que teníamos por delante. Desde ese punto de vista, fue todo un acierto.



Llegamos a Pushkar por la tarde, y lo primero que hicimos después de realizar el check-in con el manager que estaba enfadado con el Mundo en general, fue darnos una vueltita por la ciudad sagrada y ver los Ghats. Intentamos bajar por uno de ellos al azar, y resultó que era el de Ghandi (más tarde descubrimos que parte de sus cenizas se habían esparcido en ese lago). Los embaucadores comerciantes, nos vinieron a molestar, engañándonos para que les comprásemos florecillas y pulsera, porque era la tradicíon.


Debido a ello, no bajamos por ese ghat y seguimos caminando, hasta llegar casi al final de la ciudad, donde encontramos un bonito mirador para ver el atardecer.
Después de ver a personajes peculiares, fuimos a cenar y nos acostamos.



 La mañana siguiente, decidimos tomárnosla con tranquilidad, y la primera medida que tomamos, fue NO madrugrar. Pensamos en repetir el restaurante de la cena de la noche pasada, puesto que estuvo bien, y los precios eran muy buenos. Al acudir al recinto, estaba vacío, éramos los únicos clientes, y solo había un camarero. 



Nos tomó nota mental, ya que no quiso apuntar, aunque se lo pedimos. Habíamos pedido bastantes cosas, y en algunas, pedimos que nos realizara algunos cambios, como podía ser cambiar la leche por yogurth.  Le pedimos que tomara nota con papel y lápiz, pero se negó, y el resultado, como no podía ser otro, no fue el deseado.
Cometió algunos errores, eso por no comentar que tardó 2h, y no exageramos, en servirnos.
A estas alturas en cambio, ya estábamos curados de espanto, y como no teníamos ninguna prisa, nos lo tomamos con mucho humor y nos echamos una buenas risas.
Casi ya al medio día, dimos una vuelta por la ciudad y Juan y Uriarte decidieron bañarse, en este lago sagrado al que los hinduistas están obligados a venir al menos una vez en la vida, como al Ganges en Varanasi.




La comida la hicimos en un restaurante en el que tú te acomodabas en la 2º planta y ellos te subían la comida con poleas. Uriarte tenía mono de dulce, por lo que decidió tomar el especial del día: tarta de frutas. Sin embargo, cuando el camarero la trajo, ninguno de los presentes pudo contener la risa: un bocadito, un pequeño pastelillo nada más.


Después de cenar, los chicos decidieron irse al hotel para ducharse y quitarse la mierda del rio, y las chicas fueron a dar una vuelta.


Quedamos en el mirador del día anterior para ver el amanecer. Lamentablemente, eso solo fue posible para ellas, puesto que los chicos se perdieron y aparecieron en la otra punta de la ciudad.




viernes, 21 de junio de 2013

Udaipur


De camino a Udaipur, paramos en el camino a ver unos asombrosos templos hinduistas de color blanquecino. Tallados en piedra, nos descubrieron en su interior, numerosas esculturas y tallas. Muy bonitos y dignos de ver. 


Lo malo de ellos, era que fueron muy quisquillosos con la entrada: no móviles, no cuero, no pantalones cortos…así que tuvimos que alquilar unos pantalones de hospital. Entramos un poco mosqueados, porque al final, todo es una forma de sacarte los cuartos, pero bueno, la causa lo mereció.
Llegamos a Udaipur, y antes de pasar por el hotel, hacemos parada en los jardines que el Marajá hizo construir a sus mujeres. Bonito regalo, puesto que era un lugar agradable y apacible para descansar y charlar. No era ninguna maravilla, ni tenía nada especial aunque no estaba mal. 


Bueno, sí tenía algo de especial en su interior: un meuseo científico. La mayor basura de museo que hemos visto, aunque pudimos contemplar un aligátor. 
Tras pasar por el hotel, decidimos ir al lago. La ciudad está construida a lo largo del lago, pero no sé puede recorrer las orillas, puesto que no hay camino que lo permita. Comentar que el agua estaba muy sucia, una lástima.

Después de andar por la ciudad, nos acercamos al templo de Jagdish. Bastante malo, sobre todo, una vez vistos los que contemplamos por la mañana.
Sin embargo, había muchos monos, qué terminaron siendo la principal atracción, puesto que un local colocaba petardazos cerca de ellos, y cuando explotaban, estos salían espantados en manada como locos.



Antes de cenar, decidimos ir a ver el museo de coches. Una vez más, los coches, nos jugaron una mala pasada. Después de andar mucho, mucho, y ver como atropellaban a un perro que lloraba despavorido, llegamos al dichoso museo. 
Estaba alojado en el patio de un lujoso hotel. Teníamos la opción de coger entrada, entrada+cena o entrada+refresco. Teniendo en cuenta que el restaurante del hotel sería caro, dedujimos que la cena incluida en la entrada sería una escasa bazofia, por lo que optamos por el refresco.
“Yo tomaré una coca-cola”; “Yo prefiero un sprite”…estos comentarios rondaban nuestra mente, y cuando iban a salir por nuestra boca, se nos atragantaron, ya que el refresco ya estaba asignado: zumito de mango. ¡¡¡¡Iiiiuuuuuuuujjjjuuuuuuu!!!


Al día siguiente, nos despertamos y fuimos en busca de un buen lugar para desayunar: la comida más importante del día; y obedientes, desayunamos con fundamento: cereales, yogurth, tartas… en una cafetería que fue un acierto.
Llenos de energía, fuimos a ver el palacio. Contratamos a un guía muy majo, tal vez el mejor que hayamos tenido en el viaje, que combinó las explicaciones con algunos chistes machistas, como que la cocina era el gimmnasio de las mujeres. El palacio era una auténtica preciosidad con su arquitectura, esculturas, joyas, cuadros con perspectiva, salas de espejos para practicar el kamasutra como Shiva manda…


Muy impresionante también el retrete del marajá, un auténtico trono, y unas escaleras de mármol blanco tan puras, limpias y finas que era imposible no resbalarse.
En cuanto terminamos de ver el palacio, nos acercamos al havelí de la ciudad, pensando encontrarnos algo parecido a lo de Jaisalmer. Nada más lejos.



 Unas ruinas con poco encanto, y en la primera planta…sopresa…¡Marionetas!


Comimos y tuvimos una larga sobremesa incluyendo la siesta de algunos y un par de partidas largas al UNO.


La tarde la dedicamos a hacer algunas compras y a ver una pelea de perros donde unos 7, acorralaban a otro. Los locales no parecían asustarse, puesto que entraban en medio del corro que se produjo a pegar a los perros que agredían al otro.